El idiota

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—Me gustan mucho estas discusiones, príncipe —murmuraba entre tanto Keller, quien, muy bebido por cierto, se movía sin cesar en su silla—. Y también las políticas —y añadió interpelando a Radomsky, que se sentaba a su lado—. Me encanta leer en los periódicos las sesiones del Parlamento inglés, ¿sabe? No es que me interesen los debates, porque yo no soy un político, ¿comprende?, pero me parece admirable el modo que tienen de hablar esas gentes entre sí: «el noble vizconde que se sienta frente a mí; el noble conde que comparte mi opinión; mi noble adversario cuya moción ha admirado a Europa…». Todas esas expresiones, ese parlamentarismo de un pueblo libre, es lo que me seduce, príncipe. Le juro, Eugenio Pavlovich, que en el fondo he sido siempre un artista.

—¿Así que, según usted —exclamó Gania— los ferrocarriles son una maldición, constituyen la perdición de la humanidad, el veneno caído sobre la tierra para envenenar las «fuentes de la vida»?

Aquella noche Gabriel Ardalionovich, parecía bastante animado y, a lo que estimó, Michkin, evidenciaba en su talante una especie de aspecto triunfal. La pregunta dirigida a Lebediev era pura broma, desde luego, sin más fin que acalorar al funcionario, pero acabó acalorándose él también.


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