El idiota
El idiota —¡Es imposible que eso sea cierto! —exclamó el general, casi enojado—. Suelo discutir con Lebediev a menudo, señores, y siempre sobre cosas de ese jaez, y no hace nunca sino contar absurdidades que molestan a todos los oÃdos. Lo que ha dicho no tiene la menor apariencia de verdad.
—Pues, ¿y tu asedio de Kars, general? Y ustedes señores, deben saber que mi anécdota es rigurosamente verÃdica. Quiero advertirles, de paso, que la realidad, aunque sometida a leyes invariables, casi siempre parece inverosÃmil. A veces una cosa es tanto más real cuanto más inverosÃmil parece.
—¿Cómo puede nadie comerse sesenta monjes? —exclamaron riendo, los oyentes.
—De una sola vez, claro que no; pero el hombre los devoró en un lapso de quince o veinte años. La cosa asÃ, resulta perfectamente comprensible y natural…
—¿Natural?
—¡Natural! —insistió Lebediev con tenacidad y suficiencia—. No veo por qué aquel hombre no podÃa atraer a sus vÃctimas a un bosque o a cualquier lugar misterioso y hacer allà lo que he dicho. Tampoco discuto que la cantidad de muertos no sea extraordinaria y no acredite gula…
—Eso puede ser cierto, señores —observó el prÃncipe, de improviso.