El idiota

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—Quiero decir, señores, que antaño había grandes hambres con mucha frecuencia. Así lo tengo entendido, aunque no conozco bien la historia. Y creo que no podía ser de otro modo. Cuando yo vivía en Suiza miraba con estupor las ruinas de antiguos castillos feudales encaramados sobre rocas escarpadas, a media versta de altura como mínimo en línea vertical, lo que significa varias millas de senderos tortuosos para llegar hasta ellos. Ya saben lo que es un castillo: una montaña de piedras. ¡Un trabajo tremendo, increíble! Los que los construían eran los siervos. Además, debían pagar toda clase de impuestos y mantener a sus señores. ¿De qué vivirían, pues, y cuándo encontrarían tiempo para dedicarse a las labores de la tierra en provecho propio? Es seguro que pocos debían cultivarla y que los más debían perecer de hambre. Lo que yo me pregunto con frecuencia es cómo la gente ha podido resistir, sin ser aniquilada, tanta miseria. Lebediev no se ha engañado ciertamente al decir que entonces debía de haber antropófagos, y en gran número. Pero, esto admitido, quiero preguntarle: ¿cuál es su conclusión, Lebediev?

Hablaba con seriedad al dirigirse al funcionario, de quien todos se mofaban, y su tono, exento de toda ironía. Contrastaba cómicamente con el de los demás. De seguir así, corría el riesgo de que incluso se burlasen de él, mas no lo advertía. Radomsky se inclinó hacia Michkin y le cuchicheó al oído:


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