El idiota
El idiota Ptitzin, cuando calló el general, hizo ademán de buscar su sombrero; pero, si había pensado marcharse ello fue una idea fugaz, ya que no la llevó a efecto. Antes de que los reunidos se levantaran de la mesa, Gania había dejado de beber y apartado su vaso. Una sombra se extendía sobre su rostro. Luego, levantándose también, fue a sentarse junto a Rogochin. Dijérase que existían entre los dos las más amistosas relaciones. Rogochin, que al principio había estado a punto de marcharse sin que los demás lo notaran, permanecía ahora sentado, inmóvil, con la cabeza baja, olvidado de su proyecto de irse. Durante toda la velada no bebió una gota de vino y se le veía sumido en hondas reflexiones. Sólo de cuando en cuando alzaba la vista y examinaba a los presentes. Parecía como si esperase algo muy importante para él y dijérase que únicamente tal espera le había decidido a no retirarse.
Michkin sólo había bebido dos o tres vasos de champaña y en consecuencia no se encontraba sino muy moderadamente alegre. Al levantarse de la mesa sus ojos hallaron los de Radomsky, y, recordando la explicación que debía tener con él, sonrió con gentileza. Eugenio Pavlovich hízole una indicación con la cabeza, mostrándole a Hipólito que dormía tendido en el diván.
—Dígame, príncipe, ¿por qué este condenado mozo ha venido a su casa? —preguntó Radomsky, con evidente malicia—. Apuesto a que trama alguna cosa.