El idiota
El idiota —He observado, o al menos creÃdo observar —repuso Michkin—, que usted, hoy, se preocupa mucho de Hipólito. ¿Es asÃ, Eugenio Pavlovich?
—A lo que puede añadirse que, dada mi situación personal, debÃa preocuparme de otras cosas. Yo mismo me extraño de que esa desagradable fisonomÃa atraiga invenciblemente mi atención desde el principio de la noche.
—Yo opino que tiene una cabeza muy hermosa…
—Mire, mire… —exclamó Radomsky, asiendo el brazo del prÃncipe—. ¡Mire!
Michkin examinó a su interlocutor con redoblada extrañeza.