El idiota
El idiota Hipólito, que se había dormido cuando Lebediev llegaba al fin de su discurso, despertó de pronto como si alguien le hubiese descargado un golpe en el pecho. Se estremeció, incorporóse, miró en torno suyo y palideció. Sus ojos se pasearon por los rostros de los circunstantes con cierta expresión de inquietud, y cuando la memoria y la reflexión volvieron a su mente, no fue ya inquietud, sino terror, lo que reflejó su semblante.
—¿Se van ya? ¿Ha terminado todo? ¿Sí? ¿Ha salido el sol? —inquirió ansiosamente, tomando el brazo de Michkin—. ¿Qué hora es? ¡Dígamelo, por el amor de Dios! ¿He dormido mucho? ¿Cuánto tiempo? —añadió con desesperación, como si el dormirse le pusiera en riesgo de perder algún negocio de que dependiese todo su destino.
—Sólo ha dormido usted siete u ocho minutos —contestó Radomsky.
—¡Ah! ¿Sólo eso? Entonces yo…
Y respiró hondamente, como si quedase aliviado de una carga penosa. Acababa de comprender que no había «terminado todo», que aún no era de día, que los presentes no se levantaban para irse, sino para hacer colación y que si algo había concluido era únicamente la perorata de Lebediev. Sonrió, pues, y las manchas rojas sintomáticas de la tuberculosis animaron sus mejillas.