El idiota
El idiota —Veo que ha contado usted los minutos de mi sueño, Eugenio Pavlovich —dijo, con mofa—. Ya he notado o que desde el principio de la velada no me quita usted la vista de encima. ¡Ah, Rogochin! Le he visto hace unos instantes en sueños —murmuró al oÃdo de Michkin, señalándole a Parfen Semenovich, que se sentaba ante la mesa. Y pasando sin transición a una idea diferente, preguntó—: ¿Y el orador? ¿Dónde está Lebediev? ¿Ha terminado de hablar? ¿Qué decÃa? ¿Es cierto, prÃncipe, que ha asegurado usted en una ocasión que «la belleza salvarÃa al mundo»? Señores —exclamó, dirigiéndose a todos—, el prÃncipe afirma que la belleza salvará al mundo. Y yo afirmo, a mi vez, que la causa de que tenga ideas tan curiosas, es que está enamorado. ¡Está enamorado, señores! En cuanto le he visto entrar me he convencido de ello. No se ruborice, prÃncipe: ¡va usted a darme lástima! ¿Qué clase de belleza será la que salve el mundo? Kolia me lo ha dicho… ¿Es usted cristiano ferviente? Kolia me asegura que sÃ…
Michkin le miró con atención, en silencio.
—¿Por qué no me contesta? ¿Cree usted que le aprecio mucho? —preguntó bruscamente Hipólito.
—No lo creo. Opino que no me aprecia nada.
—¿Cómo? ¿Ni después de nuestra entrevista de ayer? ¿No he sido franco con usted ayer?
—Ayer ya sabÃa que usted no me apreciaba.