El idiota

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—¿Por qué? Porque estoy celoso de usted y le tengo envidia, ¿verdad? Siempre lo ha creído usted así, y lo cree ahora, pero… En fin, no sé por qué he hablado de esto. Quiero champaña. ¡Una copa, Keller!

—No puede usted beber más; no lo permitiré.

Y Michkin se apresuró a apartar la copa que el enfermo tenía ante sí.

—En realidad no le falta razón —reconoció Hipólito, pensativo—. ¿Qué se diría, después? Aunque, en rigor, ¿qué importa lo que digan? ¿No es cierto, no lo es? Que digan después lo que quieran, ¿verdad, príncipe? ¿Por qué inquietarnos, yo y todos los demás, por lo que sucede después? Estoy medio dormido aún. Y he tenido un sueño espantoso: ahora lo recuerdo… No le deseo semejantes sueños, príncipe, aunque acaso no le estime en verdad. Pero que no se estime a un hombre no es razón para desearle mal, ¿eh? ¿Y por qué haré estas preguntas? ¡Me paso la vida preguntando! Déme la mano; quiero estrechársela con calor; así… ¡Me ha tendido usted la mano! ¿De modo que sabía que yo iba a estrechársela sinceramente? Bien: no beberé más. ¿Qué hora es? Pero no es preciso que me lo digan: bien sé la hora que es. ¡Ha llegado la hora! ¡Éste es el momento! ¿Van a servir la comida en aquel rincón? ¿Queda libre esta mesa? ¡Muy bien! Señores, yo… Veo que no escuchan. Me proponía leerles una cosa, príncipe. La comida es sin duda muy interesante; pero…


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