El idiota
El idiota Y de pronto, entre la sorpresa general, Hipólito sacó del bolsillo de su levita un fajo de papel, cerrado con un enorme sello rojo y lo puso en la mesa, ante sí.
Aquella insólita circunstancia produjo mucho efecto. Los reunidos esperaban algo raro, pero no de tal estilo. Eugenio Pavlovich se agitó en su silla. Gania se precipitó hacia la mesa y Rogochin hizo lo mismo, con una expresión como de airado enojo, tal que si le constara la finalidad de la escena. Lebediev, que estaba junto a Hipólito, se acercó más, mirando el fajo de papel con sus ojillos curiosos, cual si quisiera adivinar de qué se trataba.
—¿Qué le pasa? —preguntó Michkin al joven, con inquietud.
—Cuando salga el sol descansaré, príncipe; ya lo he dicho. ¡Palabra de honor! —repuso Hipólito—. ¡Ya lo verá! Pero ¿es posible que no se me crea capaz ni de abrir este paquete? —añadió, paseando indistintamente sobre todos una mirada de desafío.
Michkin notó que el pobre muchacho estaba algo tembloroso.
—Ninguno de nosotros lo supone así —manifestó—. ¿Cómo se le ocurre una idea tan extraña? ¿Qué sucede, Hipólito?
—¿Qué le pasa? ¿Qué ocurre? —inquirían los visitantes.