El idiota
El idiota Y todos se acercaron, a pesar de que algunos habÃan empezado ya a comer. El paquete y su sello rojo parecÃan ejercer un influjo magnético sobre todos.
—Yo he escrito esto ayer, después de prometerle venir a su casa, prÃncipe. Este trabajo me ha ocupado todo el dÃa de ayer y parte de la noche. Lo terminé por la mañana. Me dormà poco antes de alborear, y tuve un sueño…
—¿No valdrÃa más dejarlo para mañana? —sugirió el prÃncipe con timidez.
—¡Mañana no habrá tiempo! —e Hipólito rio histéricamente—. Pero no se preocupen: mi lectura sólo durará cuarenta minutos o, a lo sumo, una hora. FÃjense cómo se ha despertado la curiosidad general: todos se acercan, miran el envoltorio… Si yo no hubiese puesto el escrito bajo sobre, el efecto habrÃa sido nulo. ¡Lo que es el misterio! ¿Lo abro o no, señores? —interrogó, riendo como antes—. ¡Un secreto, un secreto! ¿Recuerda prÃncipe, quien dijo que «ya no habrÃa tiempo»? Lo profetizó en el Apocalipsis un ángel grande y poderoso.
—Vale más no leer eso —declaró Radomsky, con inquieta expresión que extrañó a algunos.
—No lo lea —apoyó Michkin, poniendo la mano sobre los papeles.
—No es momento de lecturas —comentó alguien—. Ahora vamos a comer.