El idiota
El idiota —¿Un artÃculo destinado a alguna revista? —inquirió otro.
—Seguramente será aburrido —acrecentó un tercero.
—Pero ¿qué es? —preguntaban los demás.
La inquietud que revelaba el ademán de Michkin pareció contagiar al propio Hipólito.
—AsÃ, ¿no leo? —dijo al prÃncipe en voz baja, con una sonrisa forzada que crispó sus labios lÃvidos—. ¿No leo? —insistió envolviendo a todos en una mirada donde se leÃa el ardiente deseo de desahogarse. Y luego, dirigiéndose otra vez a Michkin, interrogó—: ¿Tiene usted miedo?
—¿De qué? —replicó el interrogado, cuya expresión cambió de un modo evidente.
Hipólito se alzó bruscamente, como si le hubiesen arrancado de su asiento.
—¿Hay quien tenga una pieza de veinte kopecs, o una moneda pequeña cualquiera? —preguntó.
—Tome —repuso Lebediev, ofreciendo una a Hipólito, y pensando que el joven debÃa haber enloquecido.
—Vera Lukianovna —dijo Hipólito con animación—, tome esta moneda y arrójela al aire, sobre la mesa. Vamos a decidir a cara o cruz. Si sale cruz, leo.