El idiota
El idiota La joven, alarmada, miró sucesivamente la moneda, a Hipólito y a su padre. Luego hizo lo que le decían, muy turbada y levantando los ojos, como si fuese cosa prohibida mirar la moneda. Ésta cayó sobre la mesa: era cruz.
La decisión de la suerte pareció consternar a Hipólito.
—¡Hay que leer! —exclamó, pálido como si acabase de serle notificada su sentencia de muerte. Guardó silencio durante unos segundos y luego, estremeciéndose y mirando con singular expresión de franqueza a quienes le rodeaban, continuó—: ¿Qué es esto? ¿Es posible que yo acabe de jugar mi suerte a cara o cruz? ¡Es una particularidad psicológica sorprendente! —exclamó hablando a Michkin con acento delator de una extrañeza profunda. Y, como una persona que recobra la conciencia de sí misma, prosiguió, con animación—: Es… es inconcebible. Tome nota de esto, príncipe, ya que usted, según me han dicho, recoge datos relativos a la pena de muerte. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué absurdo, Dios mío!
Se sentó en el diván, acodóse en la mesa y apoyó la cabeza en las manos.
—Es casi una vergüenza… Pero ¿qué más da que lo sea? —añadió, casi en el acto, levantando el rostro. Y en seguida, con súbita resolución, anunció—: Voy a rasgar el sobre, señores. Pero conste que no obligo a nadie a escuchar.