El idiota
El idiota —No necesita pedirle permiso para traérmela. No deje de hacerlo. Seguramente le agradará mucho, porque acaso no haya querido pegarse un tiro, sino para forzarme a leer su confesión. Le ruego que no se rÃa, León Nicolaievich. Es muy posible que no quisiera suicidarse más que por eso.
—No me rÃo, con tanta más razón cuanto que estoy seguro de que hay mucha verdad en su conjetura.
Aquellas palabras causaron a Aglaya profunda sorpresa.
—¿Lo cree as� ¿Es posible que también tenga usted esa idea? —preguntó vivamente.
Hablaba con cierta brusquedad, rápidamente, formulando interrogaciones que a veces, por turbación al parecer, dejaba sin terminar. A cada instante hacÃa a Michkin observaciones insistentes y, en resumen, se mostraba poseÃda de una agitación extraordinaria y dijérase que, a pesar de su talante seguro, casi provocativo, experimentaba cierto temor interno. No habÃa esmerado su atuendo para acudir a la cita; vestÃa un trajecillo muy modesto, que le sentaba muy bien. Con frecuencia se estremecÃa y se ruborizaba. Sólo apoyaba su cuerpo en el borde del banco. Cuando oyó a Michkin confirmar su suposición referente al motivo de que Hipólito hubiera querido darse un pistoletazo, quedó muy sorprendida.