El idiota
El idiota —Aparte de por usted —continuó el prÃncipe—, Hipólito querÃa despertar también nuestras alabanzas.
—¿Sus alabanzas? No lo entiendo.
—No sé cómo decÃrselo. Es difÃcil de explicar. En todo caso, contaba obtener por nuestra parte testimonios de amistad y estima. CreÃa sin duda que Ãbamos a rodearle, conmovidos, suplicándole que no se matase. Es muy posible que pensara en usted más que en nadie, puesto que la mencionaba en un momento asÃ. Pero también puede ser que no se diera cuenta de que pensaba en usted principalmente.
—No comprendo una palabra. ¿Pensaba en mà sin saberlo? No obstante, se me figura entreverlo todo. ¿Sabe usted que yo, a los trece años, imaginé más de treinta veces envenenarme y dejar una carta explicando a mis padres los motivos de mi resolución? Yo pensaba también en el efecto que producirÃa tendida en el ataúd; me figuraba a mis padres inclinados sobre mi cuerpo, deshechos en lágrimas y reprochándose la dureza que habÃan mostrado conmigo. ¿Por qué vuelve usted a sonreÃr? —preguntó vivamente, arrugando el entrecejo—. ¿En qué piensa usted cuando se halla solo? Acaso imagine usted ser mariscal de campo y vencer a Napoleón en batalla.