El idiota
El idiota —¡Palabra de honor que es siempre lo que pienso, especialmente cuando estoy dormido! —repuso, riendo, Michkin—. Pero no bato a Napoleón, sino a los austriacos.
—No tengo ganas de bromear con usted, León Nicolaievich. Pienso ver a Hipólito y entre tanto ruego a usted que le aconseje bien. Pero encuentro mal el lenguaje que usted emplea, porque me parece brutal considerar asà las cosas y juzgar un alma humana como juzga usted la de Hipólito. No siente usted la ternura: sólo siente la justicia, y, por consecuencia, es injusto.
Michkin reflexionó.
—Creo —dijo por fin— que es usted quien me considera injustamente. Yo no reprocho a Hipólito el haber tenido esa idea, porque todos suelen inclinarse a pensar asÃ. Además, ello pudo ser un deseo que tuviese sin confesárselo… QuerÃa tratar una última vez con los hombres, ganar su estima y su afecto… Ello acredita buenos sentimientos es verdad. Por desgracia, el resultado no ha respondido. La culpa es de la enfermedad y, por añadidura, de otra cosa. Además, hay gentes a quienes todo les sale bien, mientras otras no llegan a conseguir más que tonterÃas…
—¿Piensa usted en sà mismo al decirlo? —preguntó Aglaya.
—En efecto —contestó el prÃncipe, sin reparar en el sarcasmo de la insinuación.