El idiota

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Michkin, en efecto, examinaba a la joven con mucha atención, observando que su rostro empezaba a tornarse del color de la púrpura. Y en los ojos brillantes de Aglaya se leía claramente que cuanto más se ruborizaba más furia sentía contra sí misma. Por regla general, en casos tales solía descargar sobre su interlocutor la indignación que contra sí misma la embargaba. Conocedora de lo fácilmente que perdía la paciencia, Aglaya solía ser más taciturna que sus hermanas, incluso con exceso. Pero cuando no podía callar, se dirigía a sus interlocutores con una arrogancia que parecía desafiar a quien interpelaba. Siempre presentía el momento en que iba a comenzar a ruborizarse.

—¿No quiere usted aceptar mi proposición? —preguntó a Michkin con altivo talante.

—¡Oh, sí, desde luego! Pero —respondió él, confuso— no me parecía necesario formularla…

—¿Qué está usted pensando? ¿Por qué cree que le he invitado a venir aquí? ¿Qué se figura? Puede que me considere usted una locuela, como todos los de casa…

—No sabía que se la considerase de ese modo, y no comparto tal opinión.

—¿No la comparte? Eso demuestra mucha inteligencia por su parte. Y sobre todo lo ha dicho con ingenio.


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