El idiota
El idiota —A mi juicio —continuó Michkin— acaso usted sea incluso muy inteligente en ocasiones. Hace unos instantes ha hablado usted en términos muy sensatos. Ha dicho: «No siente usted más que la justicia, y por consecuencia es usted injusto». No olvidaré esa frase; he de pensar mucho en ella.
Aglaya se ruborizó, ahora de placer. Cambios asà se producÃan en ella de modo tan sincero como repentino. Michkin, satisfecho también, rio alegremente, mirándola.
—Escuche —dijo la joven—, llevo mucho tiempo esperando poder decirle todo esto. Espero desde que me envió aquella carta, e incluso desde mucho antes. Ayer le dije la mitad de lo que querÃa decirle. Le considero un hombre muy recto y honrado, más honrado y recto que nadie, y aunque se diga que su mente… que está enfermo del cerebro, yo juzgo lo contrario, y sostengo mi opinión contra todos. Porque, aun cuando tuviese usted enferma la mente (y le ruego que me perdone, porque sólo hablo en un sentido elevado), en cambio la inteligencia esencial está más desarrollada en usted que en el resto de los hombres y la posee usted en grado que los otros no han entrevisto jamás ni aun en sueños. Digo inteligencia esencial, porque hay dos inteligencias: la esencial y la secundaria. ¿No es eso? ¿No lo cree?