El idiota
El idiota A Michkin se le ocurrió de súbito una idea extraña. Miró a Aglaya y sonrió. ParecÃale increÃble que la mujer que estaba ante él fuese la misma orgullosa joven que leyera con tanto desprecio la carta de Gania. ¿De modo que aquella altanera belleza era tal vez una niña que no sabÃa el significado de las palabras que empleaba? ¿No lo sabrÃa quizá ni siquiera ahora?
—¿Ha vivido usted siempre en su casa, Aglaya Ivanovna? —preguntó—. Quiero decir si no ha estado alguna vez en un colegio, en un internado.
—Yo no he ido nunca a ningún sitio; he estado siempre metida en casa, como en una redoma, y estaba destinada a pasar directamente de la redoma al matrimonio… ¿Por qué se rÃe? Me parece que usted se burla también de mà y se pone en contra mÃa —añadió la joven, con acento amenazador, frunciendo las cejas—. No me encolerice; ¡bastante irritada estoy ya! Estoy segura de que ha acudido usted aquà en la certeza de que le amaba y le habÃa dado una cita de amor… —acabó, enojada.
—Ayer —confesó cándidamente el prÃncipe, no poco confuso— lo temÃa, pero hoy me he persuadido de que…