El idiota
El idiota —¡Cómo! —exclamó Aglaya, cuyo labio inferior comenzó a temblar repentinamente—. ¿TemÃa usted que yo…? ¿Se atrevÃa usted a pensar que…? ¡Cielos! ¿Acaso pensaba usted que al citarle le tendÃa un lazo para que nos sorprendiesen aquà y nos obligaran a casarnos?
—¿No le da vergüenza, Aglaya Ivanovna? ¿Cómo ha podido germinar en su corazón puro e inocente un pensamiento tan innoble? Apuesto a que usted misma no cree una palabra de lo que me ha dicho y que… no se da cuenta de sus palabras.
Aglaya permanecÃa con los ojos bajos, como asustada de su propio lenguaje.
—No siento vergüenza alguna —repuso—. ¿Y por qué sabe usted que mi corazón es inocente? Y en ese caso, ¿cómo se ha atrevido a escribirme una carta de amor?
—¿Una carta de amor? ¡Mi carta una carta de amor! Brotó de mi corazón en el momento más doloroso de mi vida, y no podÃa ser más respetuosa. Entonces pensé en usted como en una luz, y…
—Bueno, bueno… —interrumpió la joven, bruscamente, con acento que no era ya el de un momento antes, sino que sonaba como arrepentido y en cierto modo como asustado.