El idiota
El idiota —No creas, prÃncipe —dijo, airada contra sà misma—, que te he traÃdo aquà para someterte a un interrogatorio. Después de lo de ayer, bien hubiese podido no desear verte en mucho tiempo…
Se interrumpió. El prÃncipe dijo, con calma:
—¿A no ser porque desea usted conocer el motivo de habernos entrevistado hoy Aglaya Ivanovna y yo?
—¡SÃ: lo deseo! —repuso la generala, ruborizándose repentinamente—. No me importa hablar con franqueza, porque no ofendo ni quiero ofender a nadie…
—Nada hay en eso de ofensivo. Su curiosidad es muy natural: es usted madre. Aglaya Ivanovna y yo nos hemos encontrado hoy en el banco verde a las siete en punto de la mañana. Ayer me escribió diciéndome que deseaba verme para tratar de un asunto grave. Hemos tenido, pues, una entrevista, y durante una hora hemos hablado de cosas que conciernen exclusivamente a Aglaya Ivanovna, y nada más.
—Desde luego nada más, padrecito. ¡No cabe duda! —repuso la generala, con dignidad.
—¡Admirable, prÃncipe! —dijo Aglaya entrando de súbito—. Usted me ha creÃdo incapaz de rebajarme a mentir. Se lo agradezco de todo corazón. ¿Le basta eso, maman, o quiere continuar el interrogatorio?