El idiota
El idiota —Sabes muy bien que nunca he tenido que ruborizarme de nada antes, aun cuando ello te hubiese agradado seguramente —replicó, solemne, Lisaveta Prokofievna—. Adiós, prÃncipe, y perdóname el haberte molestado. Espero que tengas la firme certeza de mi invariable aprecio hacia ti.
Michkin se inclinó ante las mujeres y salió sin decir una palabra más. Alejandra y Adelaida cambiaron en voz baja algunos comentarios acompañados de sonrisas. Su madre las miró severamente.
—Maman —dijo Adelaida, riendo—, nos limitábamos a observar que el prÃncipe se ha retirado de un modo muy elegante. A veces me parece un verdadero torpe; pero hoy se ha retirado como… como pudiera haberlo hecho Eugenio Pavlovich.
—La delicadeza y la dignidad nacen del corazón, sin necesidad de aprenderlas con maestros de baile —repuso, sentenciosa, la generala.
Y, sin hablar siquiera a Aglaya, se retiró a su aposento.
Cuando Michkin entró en su casa, a eso de las nueve, halló en la terraza a Vera Lukianovna y a la sirvienta, quienes estaban barriendo y limpiando, cosa no poco precisa después de la desordenada noche anterior.
—Gracias a Dios, hemos podido concluir antes de que usted llegara —dijo Vera, jovial.