El idiota
El idiota —Buenos dÃas. Estoy un poco mareado. No he dormido nada… Voy a ver si descabezo un sueño.
—¿En la terraza, como ayer? Bueno. Diré a todos que no le molesten. Papá ha salido.
La criada se retiró. Vera hizo ademán de seguirla, pero luego rectificó y acercóse al prÃncipe, con aire inquieto.
—PrÃncipe, tenga piedad de ese… desgraciado y no le ponga en la puerta hoy. —Cierto que no. Puede continuar aquÃ, si le parece bien.
—No hará más locuras… No sea severo con él.
—¿Por qué habÃa de serlo?
—Y, sobre todo, no se burle de él.
—No tema que lo haga.
Vera se ruborizó.
—Soy una tonta hablando asà a un hombre como usted… ¿Sabe —agregó, riendo y conteniendo un nuevo impulso de marcharse— que tiene usted ahora una mirada muy clara… muy feliz?
—¿Es posible? —exclamó Michkin con animación, riendo alegremente.
Pero la joven, que era tan sencilla y franca como un niño, se sintió repentinamente confusa, ruborizóse más y se alejó a toda prisa, sin dejar de reÃr.