El idiota
El idiota «¡Qué buena muchacha es!», pensó Michkin. Y a continuación la olvidó. En un ángulo de la terraza había un diván al lado de una mesita. Sentóse allí, se tapó el rostro con las manos y permaneció diez minutos en tal posición. De pronto, con ademán inquieto, sacó del bolsillo las tres cartas. En aquel momento volvió a abrirse la puerta y entró Kolia. Michkin volvió a guardar las cartas en el bolsillo, feliz de aquella distracción ocasional, que aplazaba un momento penoso para él.
Kolia se acomodó en el diván.
—¡Qué cosas! —empezó, yendo derecho al asunto, como todos los muchachos—. ¿Cómo juzga a Hipólito? ¿Ha dejado de estimarle?
—¿Por qué razón? Pero estoy fatigado, Kolia… Más valdrá no insistir en un asunto tan doloroso… ¿Cómo está Hipólito?
—Está durmiendo y seguramente dormirá otras dos horas… Ya sé que no se ha acostado usted en casa. Ha ido a pasear por el parque, sintiéndose nervioso. ¡No era para menos!
—¿Cómo sabe que he ido a pasear al parque?