El idiota
El idiota —Burdovsky, Kostia, Lebediev y yo, por turno. Keller estuvo también un momento, pero luego se fue con Lebediev, porque no habÃa cama para él en el cuarto donde estábamos. Ferdychenko durmió en las habitaciones de Lebediev y se fue a las siete. Mi padre permaneció también con Lebediev, pero ahora ha salido. Acaso Lebediev venga a verle, prÃncipe. Le buscaba hace un momento, no sé para qué: ha preguntado dos veces si habÃa regresado usted ya. ¿Le digo que pase, o quiere usted descansar? Yo voy a acostarme. ¡Ah, otra cosa! Mi padre me ha extrañado mucho esta mañana. A las seis me despertó Burdovsky, a quien yo debÃa sustituir en el turno. Salà un momento y encontré a mi padre, tan beodo que no me reconoció de momento. Pasó un rato mudo como un poste y al fin, recobrándose algo, me preguntó: «¿Cómo está el enfermo? VenÃa a enterarme…». Le satisfice. «Está bien —dijo—, pero sobre todo he venido a advertirte (y me he levantado expresamente para ello) que tengo motivos para creer que no se debe hablar de todo ante Ferdychenko y que hay que tener cuidado con la lengua». ¿Comprende usted, prÃncipe?
—¿Es posible? Pero en fin, ¿qué nos importa?
—No nos importa, ¿pero somos masones para andar con esos sigilos?… A mà me sorprendió que mi padre quisiera despertarme sólo para tal cosa.
—¿Dice usted que Ferdychenko se ha marchado?