El idiota

El idiota

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—A las siete. Vino un momento a mi lado, cuando yo estaba de turno con Hipólito, y me dijo que iba a terminar la noche en casa de Vilkin, un famoso borracho. Me voy… Mire: ahí está Lukian Timofeivich. Váyase, Lukian Timofeivich; el príncipe quiere dormir.

Lebediev, al entrar, saludó con grave compostura.

—Sólo estaré un momento, respetado príncipe. Vengo para tratar un asunto que considero importante —dijo a media voz con afectado tono.

Acababa de llegar y no había tenido tiempo de entrar en sus habitaciones, por lo cual conservaba su sombrero en la mano. En su fisonomía, preocupada, se advertía una acentuada expresión de dignidad. Michkin le invitó a sentarse.

—Ha preguntado usted dos veces por mí, ¿no? ¿Está inquieto por lo de ayer?

—¿Quiere usted decir por ese mozo de ayer? No; ayer mis ideas estaban en desorden, pero hoy no me propongo «contrecarrar» a usted en ninguno de sus propósitos.

—¿Contre…? ¿Qué?

—«Contrecarrar», he dicho. Es una palabra francesa de tantas como han entrado en la composición de la lengua rusa. Pero no insisto en ella, si le desagrada.

—¿Cómo está usted tan serio, Lebediev? —preguntó Michkin, sonriendo.


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