El idiota
El idiota —SÃ. A las siete y media, después de saltar de la cama como un loco y de haberme golpeado la frente con las manos, desperté al general, que dormÃa con el sueño de los justos. Teniendo en cuenta la extraña desaparición de Ferdychenko, hecho que me pareció bastante raro, resolvimos los dos registrar en el acto las ropas de Keller, que a la sazón dormÃa como… bueno, roncando mucho… Registramos sus bolsillos con el mayor cuidado: no tenÃa ni un kopec y el forro no estaba roto. Todo lo que vimos sobre sus ropas fueron un pañuelo de algodón azul a cuadros, en mal estado, una carta de amor de una cocinera pidiéndole dinero y dirigiéndole amenazas, y algunos fragmentos del artÃculo que usted conoce. El general le consideró inocente. Para cercioramos, le despertamos (lo que nos costó zarandearle con violencia) y apenas comprendió de qué se trataba. Nos miró con la boca muy abierta, con la inocencia pintada en su rostro de beodo. ParecÃa la estupidez personificada. No, no ha sido él.
El prÃncipe exhaló un suspiro de alivio.
—Me alegro. TemÃa que…
—¿TemÃa? ¿TenÃa, pues, motivos para temer? —preguntó Lebediev, parpadeando.
—No; he hablado sin pensar lo que decÃa —contestó Michkin, confuso—. Acabo de decir una tremenda estupidez. Le ruego, Lebediev, que no lo repita a nadie.