El idiota
El idiota —Incluyéndome, somos cuatro los que hemos pasado la noche en habitaciones contiguas: el general, Keller, el señor Ferdychenko y yo. Por consecuencia hemos sido uno de los cuatro.
—Querrá decir de los tres. Pero ¿cuál?
—Me he contado yo, para ser justo y no omitir a nadie; pero convendrá, prÃncipe, que no iba a robarme a mà mismo, aunque se han dado casos…
—¡Qué pesado es usted, Lebediev! —interrumpió Michkin, con impaciencia—. ¡Al grano y déjese de rodeos!
—Quedan, pues, tres, y el primero de todos Keller, hombre de poca confianza, aficionado a la bebida y liberal en ciertos aspectos. Quiero decir en lo que concierne a la bolsa, porque en las otras cosas tiene más bien las tendencias de un caballero de la Edad Media que las de un liberal. Primero se instaló en la habitación del enfermo y sólo a una hora muy avanzada de la noche se trasladó a mi pabellón, so pretexto de que no podÃa dormir en el suelo.
—¿Sospechó de él?