El idiota
El idiota —Ésa es, sin duda. Encuentra usted las palabras y conceptos justos con una precisión admirable, excelentÃsimo prÃncipe. Imposible concretar más claramente la situación.
—Déjese de burlas, Lebediev. AquÃ, la casa…
—¡Burlas! —protestó el funcionario, golpeándose las manos.
—Ea, ea, no me enfado por eso. Pero aquà la cuestión es otra. Lo siento por los visitantes. ¿De quién sospecha usted?
—La cuestión es delicada y muy compleja. No puedo sospechar de la criada, que estaba en la cocina… de mis hijos tampoco…
—¡No faltarÃa más!
—De modo que ha sido uno de los visitantes.
—¿Es posible?
—Es sobradamente imposible, imposibilÃsimo; pero no puede ser de otro modo. No obstante, quiero admitir, y admito, que el robo no ha sido cometido por la noche cuando nos hallábamos todos reunidos, sino más tarde, o esta mañana, por uno de los que quedaron en casa.
—¡Dios mÃo!
—Dejo fuera de dudas a Burdovsky y a Nicolás Ardalionovich, a causa de que no entraron en mi pabellón.
—¡Y aun cuando hubiesen entrado! ¿Quién más estuvo all�