El idiota
El idiota —¡Pero si no hay nada que comprender! —repuso Lebediev, dando literalmente un salto en su silla—. Sensibilidad y ternura, y nada más… Ése es el remedio que necesita el enfermo. ¿Me permite usted, prÃncipe, considerarle como un enfermo?
—Ello demuestra que es usted hombre delicado y de corazón.