El idiota
El idiota —Le aclararé mi pensamiento con un ejemplo que, para mejor comprensión, tomaré de la realidad. Ya sabe qué hombre es el general: ahora su único disgusto consiste en que, sin llevarle dinero, no puede ver a la mujer por quien se interesa. Y me propongo sorprenderle en casa de esa mujer… por su bien. Pero, suponiendo que aquà no se tratase solamente de sus relaciones con la viuda del capitán, e imaginando que él hubiera cometido un verdadero delito, o al menos una falta contraria a su honor (de lo que le juzgo absolutamente incapaz), aun en ese caso, repito, sólo procediendo con él con lo que yo llamarÃa una generosa ternura, se lograrÃa saberlo todo, ya que es hombre muy sensible. Antes de cinco dÃas, créame, se traicionará, se deshará en lágrimas y confesará de plano… sobre todo si se obra con una mezcla de nobleza y de habilidad, si la vigilancia de su familia y la de usted se ejercen, digamos, sobre cada uno de sus pasos. ¡Por Dios, bondadoso prÃncipe —exclamó con calor Lebediev—, yo no afirmo positivamente que él haya…! ¡Cómo he dicho antes, estoy dispuesto a verter ahora mismo toda mi sangre por él! Pero convendrá usted que el desorden, la embriaguez, la viuda del capitán… todo eso, reunido, puede conducir muy lejos al general.
Michkin se incorporó.