El idiota
El idiota —Con un objeto asà estoy dispuesto, desde luego, a unir mis esfuerzos a los suyos; pero le confieso, Lebediev, que experimento una perplejidad tremenda… DÃgame: ¿cree de verdad…? En una palabra, ¿no me ha dicho usted mismo que sospechaba de Ferdychenko?
El funcionario volvió a juntar las manos.
—¿De quién puedo sospechar, si no? ¿De quién, sincero prÃncipe? —replicó, con almibarada sonrisa. Michkin arrugó el entrecejo.
—Un error aquÃ, Lukian Timofievich, serÃa terrible. Ese Ferdychenko… No quiero hablar mal de él, pero ese Ferdychenko… ¿Quién sabe? Acaso él… Quiero decir que acaso fuera más capaz de eso que… otro.
Lebediev abrió los ojos y aguzó los oÃdos. Michkin, con el entrecejo cada vez más arrugado, comenzó a pasear de un lado a otro de la terraza, evitando la mirada de su interlocutor.
—Mire —dijo, con creciente turbación—, se me ha dicho que el señor Ferdychenko era hombre ante el que acaso no conviniese hablar mucho, al que no estuviera de más vigilar… ¿Comprende? Se lo digo para hacerle notar que acaso pueda ser más capaz que otro… para que no surjan confusiones. Porque lo esencial es esto, ¿entiende?
—¿Quién le ha dicho eso acerca de Ferdychenko? —preguntó Lebediev con viveza.