El idiota
El idiota —Se me ha confiado en secreto… pero no lo creo. Me disgusta verme en la precisión de decÃrselo, y le aseguro que personalmente lo juzgo absurdo y no lo creo. ¡Qué tonterÃa he cometido!
—Escuche, prÃncipe —repuso Lebediev, muy agitado—: aquà lo importante no es la noticia concerniente a Ferdychenko, aunque sea importante de por sÃ. Lo esencial es conocer cómo ha llegado a oÃdos de usted.
Mientras hablaba, Lebediev corrÃa tras el prÃncipe, se esforzaba en alcanzarle y en cerrarle el paso. Continuó:
—Ahora, prÃncipe, escuche una cosa, más. Cuando he ido a casa de Vilkin con el general, éste, después de contarme la anécdota del incendio, me insinuó, con voz, naturalmente, llena de indignación, que Ferdychenko era hombre de quien no cabÃa fiarse. Pero las palabras de mi amigo resultaban tan poco concordes, que no puede dejar de hacerle ciertas preguntas contra mi propio deseo. Y las respuestas me demostraron que todo ello era invención de Su Excelencia. En todo caso, hasta eso acredita su buen natural, ya que sus mentiras nacen de que no sabe refrenar su emoción. Ahora bien, si mentÃa, de lo que estoy seguro, ¿cómo ha llegado lo mismo a conocimiento de usted? Comprenda, prÃncipe, que el general inventó esa historia bajo la inspiración del momento. Por lo tanto, ¿cómo puede usted saberla? Eso es lo importante, lo importantÃsimo y, por decirlo asÃ…