El idiota
El idiota Michkin comprendió ahora por qué había sentido un frío interior cada vez que su mano se había posado sobre aquellas tres cartas y por qué quiso esperar hasta la tarde para leerlas. Por la mañana, antes de decidirse a repasarlas, se había dormido en el diván con un sueño pesado y mientras dormía, en sus penosas visiones se le había aparecido de nuevo aquella «culpable», mirándole con las mismas lágrimas de antaño en sus largas pestañas y llamándole a su lado. Como anteriormente, él despertó con idéntica expresión de sufrimiento. Pensó dirigirse en el acto a casa de ella, pero no se resolvió y al fin, casi desesperado, tomó las cartas y comenzó a leerlas con toda atención.