El idiota
El idiota «Cuando abra usted este pliego —comenzaba la primera carta— mire primero la firma. Ella se lo dirá todo, le explicará todo. Es inútil, pues, que me justifique ante usted y que le dé explicaciones. Si en el más remoto sentido ambas fuésemos iguales, podría usted encontrar un insulto en mi audacia; pero ¿quién soy yo y quién es usted? Somos verdaderos antípodas y la distancia entre ambas es tal, que yo no podría ofenderle, aunque quisiera».
En otro lugar, Nastasia Filipovna decía:
«No vea en mis palabras la exaltación morbosa de un espíritu enfermo, si le digo que yo la considero como una perfección. La he visto y la veo todos los días. No la juzgo: no es el raciocinio el que me ha llevado a considerarla una perfección. Éste, para mí, es sencillamente un artículo de fe. Pero yo obro mal con usted en un sentido: la quiero. La perfección no puede amarse, sino sólo admirarla, ¿verdad? Y, sin embargo, estoy prendada de usted. Aun cuando el amor iguala a los hombres, le niego que no tema: no la rebajo hasta mí, ni aun en lo más íntimo de mi pensamiento. He escrito: “no tema”. ¿Acaso puede usted temer? Si ello fuera posible, yo besaría el suelo que pisan sus pies. ¡No, no quiero igualarme a usted! ¡Mire, mire la firma; mírela pronto!».