El idiota
El idiota La lectura de aquellas cartas produjo en Michkin una impresión semejante. Ya antes de dirigir sus ojos a ellas advertía que el mero hecho de que existiesen, incluso su posibilidad, equivalían por sí solos a una pesadilla. ¿Cómo se habría decidido Nastasia Filipovna a escribir a Aglaya? Así se preguntaba el príncipe mientras paseaba solo, durante la tarde, olvidando con frecuencia incluso el lugar en que se encontraba. ¿Cómo habría escrito sobre tal tema, y cómo una fantasía tan insensata pudo acudir a su cerebro? Pero el sueño se había realizado y —lo cual sorprendía a Michkin más que todo lo restante— mientras leía aquellos escritos él mismo creía en la posibilidad, y hasta en la razón de ser, de aquel sueño. Tratábase, cierto, de un sueño, de una pesadilla, de una locura, pero existía también un elemento cruelmente real, dolorosamente justo, que autorizaba tal sueño, tal pesadilla, tal locura. Durante varias horas consecutivas, el príncipe quedó como aniquilado por lo que había leído. Ciertos pasajes de las cartas acudían a su mente sin cesar, y entonces los ponderaba profundamente. Quería, a veces, decirse que había abandonado todo aquello hacía mucho, e incluso le parecía haber leído semejantes escritos largo tiempo atrás. Era como si todos los sufrimientos, temores y angustias experimentados desde entonces tuviesen su origen en aquellas cartas leídas antaño, imaginariamente, por él.