El idiota

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A la sazón, Gania vivía con su madre y su padre en casa de Ptitzin. No ocultaba su desprecio por aquel hombre que le daba hospitalidad, pero, no obstante, atendía sus consejos y aun era lo bastante razonable para pedírselos. Una cosa que le irritaba mucho era observar que Ptitzin no aspiraba a ser un Rothschild. «Puesto que eres usurero —decíale—, explota a las gentes, hazles sudar todo el dinero posible y conviértete en el rey de los judíos». Ptitzin, siempre suave y modesto, se contentaba con sonreír. Sin embargo, una vez se explicó claramente con Gania y no dejó de poner cierta dignidad en su explicación. Demostró, en efecto, a su cuñado, que no hacía nada deshonesto y que era injusto acusarle de judío. Él no tenía la culpa de que el dinero tuviese tanto valor y, por ende, él no obraba sino como una especie de intermediario. Eso aparte, gracias a su destreza en los negocios se había procurado muy buenas amistades y el círculo de sus operaciones se ensanchaba de día en día. «No llegaré a ser un Rothschild, no hay razón para que lo sea —añadió, riendo—, pero sí llegaré a tener una casa en la Litinaya, y acaso dos, y entonces me daré por satisfecho». «Quizá llegue a tres. ¿Por qué no?», agregó para sí. Tal era su sueño, pero un sueño que no confiaba íntegro a nadie.



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