El idiota
El idiota Bárbara Ardalionovna no se parecÃa en nada a su hermano. Cierto que sentÃa también vivos deseos, pero con menos impetuosidad y más testarudez. Mostraba tanta prudencia en el alcance de sus proyectos como en el modo de ponerlos en práctica. Era, sÃ, una de esas personas vulgares que sueñan en ser originalÃsimas; pero habiendo reconocido muy pronto que no existÃa en ella ni un átomo de verdadera originalidad, no se disgustaba gran cosa y hasta —¿por qué no?— quizá se enorgulleciese de ello en cierto sentido. Cuando hizo su primera concesión a las realidades de la vida práctica, fue al acceder a casarse con Ptitzin, y entonces, desde luego, no se dijo: «Admitamos la bajeza puesto que conduce al fin deseado», como hubiese hecho Gania, y como acaso hizo emitir su opinión sobre el matrimonio en su calidad de hermano mayor. Muy por el contrario, Bárbara Ardalionovna fue al matrimonio convencida de que se casaba con un hombre agradable, sencillo, casi ilustrado y que nunca cometerÃa una vileza por nada del mundo. En cuanto a las vilezas menudas, eran naderÃas de las que Bárbara Ardalionovna no se preocupaba. ¿Acaso no se encuentran en todas partes? SerÃa absurdo buscar el ideal. Además, sabÃa que casándose aseguraba techo y alimento a su familia. Viendo infortunado a Gania, deseaba serle útil a pesar de todas sus querellas anteriores.