El idiota
El idiota —Ya lo veremos —repuso Gania, enigmático—. Pero, con todo, no me agrada que se haya enterado de la proeza del viejo. Yo esperaba que el prÃncipe no la contase. Ha ordenado silencio a Lebediev, e incluso a mà no querÃa relatármela, aunque le insté mucho…
—Entonces habrá sido otro, porque ya ves que la historia se ha divulgado. ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Qué esperas? Si alguna esperanza quedase serÃa la de que aparecieses como un mártir ante los ojos de Aglaya.
—No; por romántica que sea, temerÃa el escándalo. Es muy fácil despreciar los prejuicios de palabra; pero siempre hay un lÃmite que no se rehúsa. Todas sois lo mismo.
Varia miró a su hermano con desprecio.
—¿Temer Aglaya nada? —contestó con energÃa—. ¡Qué alma tan mezquina tienes! Todos los hombres si que sois iguales. Aglaya puede ser absurda y extravagante, pero tiene más generosidad que cualquiera de nosotros.
—Bueno, bueno, no te incomodes por tan poco —repuso Gania, conciliador.
—Lo único que me inquieta en ese cuento sobre papá —prosiguió Varia— es el miedo de que llegue a oÃdos de nuestra madre.
—Ya lo conoce —contestó Gania.