El idiota
El idiota La cita era al mediodía, pero el príncipe se retardó insólitamente y cuando volvió a casa halló al general esperándole ya. Michkin notó en seguida que Ivolguin estaba descontento, acaso con motivo de la espera. El príncipe se sentó y presentó excusas al visitante. Pero sentía una extraña timidez. Dijérase que el general era de porcelana y que él tenía miedo de romperlo. Hasta entonces la presencia de Ivolguin no le había intimidado nunca; ni siquiera se le ocurrió jamás que ello pudiera suceder, mas ahora observó que su visitante era un hombre muy distinto al de la víspera: Ardalion Alejandrovich no estaba turbado ni distraído; parecía dueño de sí y su rostro evidenciaba una resolución definida. No obstante, aquella calma era más aparente que real. Pero, en todo caso, hoy todo unía en él una especie de dignidad reprimida a la naturalidad aristocrática de sus maneras. Acogió incluso con cierta altiva indulgencia las disculpas del príncipe, a las que contestó en términos amables, pero sin disimular cierto disgusto de hombre orgulloso e injustamente ofendido.
—Le he traído el libro que me prestó el otro día —dijo señalando un folletón que había puesto sobre la mesa—. Gracias.
—¿Lo ha leído? ¿Qué le parece? Curioso, ¿verdad? —preguntó Michkin, satisfecho de poder llevar la conversación sobre temas indiferentes.