El idiota

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—Soy el primero en reconocer —contestó el general— que posee algunas buenas cualidades. Sólo por eso concedí mi amistad a semejante individuo. Pero poseo una familia y no necesito su hospitalidad ni su casa. No pretendo carecer de defectos; soy intemperante, bebía mucho vino en su compañía, y acaso sea yo mismo el primero en deplorarlo ahora. Pero (y perdone esta brutal franqueza a un hombre enojado), ¿acaso yo le trataba sólo por amor al vino? No: me habían seducido en él precisamente las cualidades que acaba usted de señalar. Mas hay un límite a todo, y cuando Lebediev tiene el descaro de sostener que en 1812, siendo niño, perdió la pierna izquierda y la hizo enterrar en el cementerio Vagankovsky en Moscú, ¿no lo hace para faltarme al respeto? ¿No constituye tal atrocidad una verdadera insolencia?

—Sería una broma. Lo diría para hacer reír.

—Me hago cargo. Una mentira inocente contada para despertar la risa no puede ofender a nadie. Incluso hay gentes que mienten por afecto, para divertir a sus interlocutores. Pero si se muestra que se toma al oyente por un imbécil, si con tal desatino se trata de indicar al interesado que se está harto de su amistad, entonces un hombre de honor no puede hacer sino una cosa: llamar al orden al desvergonzado y suspender su relación con él.

El general estaba rojo de indignación.


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