El idiota

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—Lebediev no pudo estar en Moscú en 1812. Es demasiado joven… La anécdota es ridícula.

—Eso en primer lugar. Pero, suponiendo que ya hubiese nacido entonces, ¿cómo admitir que un «chasseur» francés le apuntó con un cañón y le arrancó la pierna para divertirse y cómo creer que él recogió la pierna y la hizo inhumar en el cementerio Vagankovsky? Añade que en el lugar donde está enterrada hizo erigir un mausoleo en uno de cuyos lados se lee: «Aquí yace la pierna del secretario del colegio Lebediev», y en el otro: «Reposad, queridos restos, en espera del día de la resurrección». Hasta asegurar que hace decir una misa anual por ella (lo cual es un sacrilegio) y que todos los años va a Moscú a fin de asistir a la ceremonia. Para probarme la verdad de sus palabras me invita a ir a Moscú y asistir a la misa, así como ver el cañón que, según él, fue tomado luego por los rusos y se halla en el Kremlin. Es el decimoprimero a partir de la puerta, un antiguo falconete francés.

—¡Y, además, Lebediev tiene las dos piernas, o, al menos, lo parece! —rio Michkin—. No se enfade con él. Es una broma inocente.

—Permítame sostener mi opinión. Lo de las dos piernas que parece tener no sería lo más grave, porque, según afirma, una de ellas es un miembro ortopédico articulado.


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