El idiota

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—Al menos se habló de ella durante aquella reunión. Era sin duda una idea de águila, una idea muy napoleónica. Pero tampoco el otro plan era ningún absurdo. Fue el famoso conseil de lion, como el propio emperador llamó a aquella idea de Davout. Consistía en lo siguiente: matar todos los caballos, salarlos, requisar todo el trigo posible, fortificar el Kremlin e invernar en él. Llegada la primavera, las tropas francesas se abrirían paso entre los rusos. El proyecto seducía a Napoleón. A diario dábamos la vuelta al Kremlin a caballo y Napoleón indicaba las obras defensivas necesarias: lunetas, medias lunas, blocaos… La cosa, no obstante, estaba semiparalizada, y Davout insistía en que se acordase definitivamente. Tuvieron, pues, una nueva conferencia, a la que asistí también. Napoleón paseaba por la estancia con los brazos cruzados. Mi corazón latía con fuerza, mis ojos no podían apartarse del emperador. «Me voy», dijo Davout. «¿Adónde?», preguntó Napoleón. «A mandar salar los caballos», repuso el mariscal. Napoleón se estremeció; su suerte iba a decidirse. «Niko —me interrogó repentinamente—, ¿qué opinas de nuestro plan?». Naturalmente me hacía tal pregunta lo mismo que a veces, en un momento culminante, el hombre más inteligente se juega el porvenir a cara o cruz. En vez de contestar a Napoleón, me dirigí a Davout: «General —le dije con acento en el que había auténtica inspiración—, vuélvase a su país». Y se abandonó el proyecto de quedarse en Moscú. Davout se encogió de hombros y salió rezongando: Bah!, il devient superstitieux! Al día siguiente se dispuso la retirada.


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