El idiota
El idiota —¿Me besas las manos? ¡A mÃ!
—SÃ, a usted… ¿Qué hay de extraño en ello? DÃgame: ¿cómo usted, un general, un militar, no se avergüenza de llorar en plena calle? Ande, venga.
—Dios te bendiga, hijo mÃo, por el respeto que guardas a un infame, a un viejo deshonrado, a tu padre… ¡Asà tengas un hijo que se parezca a ti…! Le roi de Rome… ¡Oh! ¡Maldición sobre esta casa!
—Pero ¿qué pasa? —exclamó Kolia, impaciente—. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué no quiere usted venir a casa? ¿Se ha vuelto loco?
—Voy a explicarme… lo sabrás todo. Te lo diré todo… Pero no grites: podrÃan oÃrnos… Le roi de Rome… ¡Oh, qué triste me siento! «Niania, ¿dónde está tu tumba?». ¿Quién escribió eso, Kolia?
—No lo sé, no lo sé… Volvamos a casa en seguida, en seguida… Si es preciso yo mismo romperé los huesos a Gania… Pero ¿adónde va usted?
El general, sin atenderle, le arrastraba hacia la escalera de una casa próxima.
—¿Dónde va? ¡Si no vivimos aquÃ!
—InclÃnate un poco, inclÃnate —balbució el general—. Acerca la cabeza; te lo diré al oÃdo.
—Pero ¿qué tiene usted? —exclamó Kolia, inquieto, obedeciéndole.
—Le roà de —balbució el general, temblando de pies a cabeza.