El idiota
El idiota No había pasado nada. Había venido el príncipe y Aglaya tardó media hora en aparecer. Las primeras palabras que le habían dirigido fueron para proponerle jugar al ajedrez. Y como él no entendía nada de aquel juego, fue derrotado en seguida, lo que complació mucho a Aglaya. Se mofó de la ignorancia del príncipe de un modo que daba pena verlo. Luego le propuso jugar al tonto, y aquí las cosas cambiaron. Él jugaba a las cartas muy bien, como un maestro. En vano Aglaya se dedicó a hacer desvergonzadas trampas, pues perdió pese a ello cinco partidas seguidas. Ella, furiosísima, lanzó al príncipe un chubasco de palabras desagradables e hirientes, hasta el punto que él dejó de reír y se puso muy pálido cuando ella le dijo al final: «No pondré los pies en esta habitación mientras esté usted en ella. Es una desvergüenza venir a esta casa, y a medianoche, después de todo lo que ha ocurrido». Y con esto había salido dando un portazo. A pesar de todos los esfuerzos de las jóvenes para consolarle, el príncipe se había ido con cara de funeral. Al cabo de un cuarto de hora, Aglaya había salido a la terraza, y tan de prisa, que ni siquiera tuvo tiempo de secarse las lágrimas que se notaban en su rostro. Y salía así porque había llegado Kolia trayendo un erizo. Las muchachas examinaron el animal y Kolia les dijo que no era suyo, sino de un compañero del gimnasio, Kostia Lebediev, a quien había dejado en la calle; Kostia no se atrevía a subir porque llevaba un hacha, la cual, así como el erizo, acababa de comprar a un labriego que encontraron en el camino. El campesino les ofreció el erizo por cincuenta kopecs y ellos lo compraron y luego, pareciéndoles el hacha muy hermosa, decidieron también adquirirla. Aglaya, una vez oído el relato, insistió con el muchacho para que éste le revendiese el erizo y, en su afán de persuadirle, llegó a tratarlo de «querido Kolia». Éste resistió largo tiempo, y al fin, viéndose tan apremiado, fue a hablar con su compañero, a quien compareció, portador del hacha y no poco confuso. Mas entonces resultó que el erizo no le pertenecía, pues era propiedad de otro compañero, un tal Petrov, quien les había entregado fondos para que le comprasen una «Historia» de Schlosser, de la cual deseaba desprenderse un cuarto escolar. Kolia y Kostia se disponían a realizar la compra por cuenta de su amigo, cuando, hallando encantadores el hacha y el erizo, habían resuelto invertir el dinero en tan interesante adquisición. Y en este momento llevaban erizo y hacha al estudiante en lugar de la «Historia» de Schlosser. Pero Aglaya les instó de tal modo que al fin accedieron a venderle el animal. Cuando el erizo hubo entrado en su posesión, Aglaya lo colocó en una cestita de mimbre, la cubrió con una servilleta y la entregó a Kolia, diciéndole: