El idiota

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—No le ha quitado ojo en todo el tiempo —dijo después la generala a su marido—. Parecía estar pendiente de su boca. ¡Y pensar que si se le dice que le ama se enfurece!

—¿Qué le vamos a hacer? ¡Es el destino! —repuso el general, encogiéndose de hombros.

Y repitió varias veces aquella palabra, dilecta suya. Añadamos que, como hombre práctico, el general encontraba mucho que censurar en el presente estado de cosas, y lo que más le contrariaba en él era su vaguedad. Pero de momento había decidido callarse y observar… a su esposa.

A aquella bonanza sucedieron nuevos huracanes. Al día siguiente Aglaya volvió a reñir con el príncipe, y lo mismo aconteció las tardes sucesivas. El pobre enamorado pasaba horas enteras sirviendo de blanco a las burlas de su amada. Cierto que a veces los dos jóvenes pasaban una hora en el jardín a solas al lado de un seto, pero podía observarse que en tales ocasiones él se ocupaba en leer a Aglaya el periódico o algún libro.

—¿Sabe —interrumpió ella un día, mientras él leía el periódico— que me parece usted muy ignorante? Si se le pregunta en qué año ocurrió tal o cual suceso, qué hizo tal personaje o de qué libro ha sido tomado cuál concepto, suele quedar con la boca abierta o poco menos. Es deplorable.


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