El idiota

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Inmensas fueron la animación y jovialidad del príncipe durante aquella velada. Según dijeron más tarde las hermanas de Aglaya, la alegría del joven era contagiosa. Habló mucho, lo que no le había ocurrido jamás desde su primera visita a los Epanchin seis meses antes, el día de su llegada a la capital. Desde su regreso a San Petersburgo, Michkin había observado como regla el guardar silencio y últimamente incluso había declarado públicamente al príncipe Ch. que prefería callar por no poner en ridículo ideas que no sabía expresar debidamente. Pero esta vez fue casi el único que habló durante toda la velada. Contó muchas cosas y respondió clara y minuciosamente a cuantas preguntas se le hicieron. Sus palabras no tenían un carácter galante, sino que eran serias y aun elevadas. Expuso ciertas opiniones personales, ciertas observaciones propias, y todo ello habría resultado ridículo de no estar «tan bien expuesto», según opinó después el auditorio. El general gustaba de las conversaciones serias, pero él y su esposa encontraban en su fuero interno que el príncipe parecía demasiado sabiondo, por lo cual, al fin, acabaron sintiéndose taciturnos. Mas, antes de despedirse, el príncipe narró algunas anécdotas muy cómicas, riendo tan alegremente que los demás le hicieron coro, no tanto por lo contado en sí, como por la jovialidad del narrador. Aglaya apenas pronunció palabra en toda la noche. Escuchaba con atención las palabras de Michkin, o más bien que escucharle, observaba.


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