El idiota
El idiota Quería decir que no merecía la pena de pedírselo. No juraríamos que no hubiese advertido también la intención de las frases de Aglaya, pero acaso aquel hombre extraño se regocijase incluso de lo que habría debido desolarle. Fuese como fuera, no cabía duda de que se sentía feliz por el mero hecho de ver de nuevo a Aglaya, poder hablarle, sentarse a su lado, pasear con ella. Tal vez se contentara toda su vida con tal cosa. Una pasión tan poco exigente quizá contribuyese a inquietar a la generala más aún. Había adivinado en Michkin un enamorado platónico. Lisaveta Prokofievna pensaba muchas cosas temibles que se reservaba para sí.