El idiota
El idiota Y entonces se dirigieron al salón, donde les aguardaba una nueva sorpresa. Aglaya se acercaba a Michkin, no riendo, sino con cierta timidez.
—Perdone a una niña mimada, a una muchacha mala y torpe… —empezó, tomándole la mano—. Y tenga la seguridad de que le estimo infinitamente. Me he permitido poner en ridÃculo su noble y bondadosa ingenuidad, es cierto; pero le ruego que no lo considere más que como una chiquillada. Perdóneme el haber insistido sobre una bobada que no puede tener, en modo alguno, la menor consecuencia —concluyó con acento significativo.
Padre, madre y hermanas llegaron al salón a tiempo de ver y oÃr todo aquello: «una bobada que no puede tener la menor consecuencia». Todos notaron la seriedad con que Aglaya pronunciaba semejante frase. Los presentes se miraron unos a otros, como preguntándose el significado de aquella expresión. En cambio, Michkin parecÃa estar en la gloria, cual si no comprendiese lo que la joven le daba a entender.
—¿Por qué dice eso? —balbució—. ¿Por qué me pide… perdón?