El Jugador
El Jugador —Un viajero, uno de mis buenos amigos. Conoce también al general.
—¡Un inglés! Por eso me contempla fijamente sin despegar los labios. Me gustan los ingleses. Que me lleven a las habitaciones de nuestra familia. ¿Dónde se hospedan? Transportaron a la abuela. Yo marchaba a la cabeza por la amplia escalera del hotel. Nuestro grupo causaba sensación. Las personas que encontrábamos a nuestro paso se detenían y abrían mucho los ojos. Nuestro hotel pasa por ser el mejor, el más caro y el más aristocrático de Ruletenburg. En la escalera y en los corredores encuéntranse siempre grandes damas y graves ingleses. Muchos interrogaban abajo al oberkellner, que, por su parte, estaba muy impresionado. Contestaba naturalmente que se trataba de una extranjera muy principal, “una rusa, una condesa, una gran señora”, y que ocuparía las mismas habitaciones que habían sido reservadas una semana antes a la gran duquesa de N.
Lo que más llamaba la atención era el aspecto majestuoso y autoritario de la gran dama que conducían en un sillón. Al encontrarse con alguna persona desconocida ya estaba midiéndola de arriba abajo con curiosos ojos y me hacía preguntas en voz alta acerca de ella.