El Jugador

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—¿Que cómo he venido? ¡Pues que tomé asiento en un vagón y adelante, marchen! ¿Para qué sirve el ferrocarril? Pero todos pensaban: la vieja ha estirado la pata y ¡vamos a heredar! Sé que has telegrafiado muchas veces y me imagino lo que ha debido costarte eso. Creo que aquí es muy caro. Pero yo, ni corta ni perezosa… aquí me tienes… ¿Es éste el famoso francés? ¿El señor Des Grieux, no se llama así?

—“Oui, madame” —asintió Des Grieux—, “et croyez, je suis enchanté … Votre santé… c'est un miracle… Vous voir ici … une surprise charmante…

—Sí, sí, charmante… Te conozco, farsante, y no te creo ni así… —y le mostró su dedo meñique—. ¿Quién es? —preguntó luego, señalando a la señorita Blanche. La francesa, vestida de amazona y con la fusta en la mano, le producía una impresión que no podía ocultar—. ¿Vive aquí? ¡Hum!

—Es la señorita Blanche de Cominges, y ésta es su madre, la señora de Cominges. Se hospedan en nuestro hotel —expliqué.

—¿Está casada la hija? —preguntó, sin ambages, la abuela.

—La señorita de Cominges es soltera —contesté lo más respetuosamente posible y con toda intención en voz baja.

—¿Es alegre?


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